“Pensamientos sobre Política”

La política local tiene que ser abordada en un idioma que la gente comprenda. En las distancias cortas no cabe excusarse en complejidades visionarias que alejen los asuntos de interés público de la esfera ciudadana. Hay que hablar claro. Ahora bien, una estrategia política consolidada consiste en no tratar los asuntos prioritarios y enfatizar principios ideológicos de aplauso rápido. Aquello que decía Cicerón de alumbrar el sol con una linterna.

Se remueve una y otra vez el cocido político con cucharón de madera, se dejan ver las gotas de sudor que caen desde la frente de quien no ceja de hacer espesos círculos en el interior de la cazuela. ¡Hasta se pide ayuda por lo fatigoso del trabajo! Pero, ojo, que a veces el político malo (que no mal político) no ha encendido el fuego adrede. Sólo pretende desviar la responsabilidad social. Cuando algún avezado ciudadano se percata de que no hay lumbre el cocinero se rasga las vestiduras y culpa a otros. La ebullición es lo que define la viabilidad de una u otra alternativa política. La eficiencia viene determinada por los materiales a usar y la eficacia por el control que se tenga sobre el fuego. Mucho fuego, quema la comida; poco, deja crudos los alimentos.

Los ciudadanos están siendo sometidos a una presión mercantilista tremenda. No se lo merecen. La política ha sido fagocitada por el espíritu capitalista. Los asesores de imagen, los especialistas en marketing, los analistas de tendencias se han convertido en guardia pretoriana. Habitan ellos en el santa santorum de los partidos políticos.  Ojalá hubiera más filósofos feos e introvertidos cerca de nuestros dirigentes en lugar de tanto cuerpo esculpido en gimnasio y mente borracha de inversiones. Y ahí está el problema. La política no puede ser una agencia de colocación, la política no ha de dar pábulo al hambre de ego, la política no tiene que buscar beneficios. La política debería ser vocacional, con voluntad de servicio y anhelo de bienestar colectivo.

Para ser un buen político hay que ser buena persona. Para ser cirujano, no hace falta. Uno puede ser despreciable en el trato humano pero un magnífico dios de quirófano. En política no. La buena gente piensa en la gente, quiere lo mejor para la gente. El que no lo es pretende imponer su criterio al son de aplausos y trompetas. Un criterio que la mayoría de las veces provoca terribles males. Porque hay quien se empeña en injertar césped en la rama de un almendro al grito de que así la belleza del árbol será extrema.

En política local se huele enseguida el perfume del alma de los políticos. Habría que recordarles más a menudo a los ciudadanos que ellos son los que tienen el poder. La unión de las personas les hace invencibles. Todo empieza a fallar cuando se cuela una mala persona, como una manzana podrida. El idealismo nos tiene a nosotros como talón de Aquiles. Es el ser humano el que no hace lo que debiera. Seamos exigentes con nuestros representantes sin caer en injusticias inquisitoriales, sin meterlos a todos en el mismo saco, sin llenar ese saco de piedras y cerrarlo con candados y arrojarlo al mar porque, en realidad, lo que se busca es un quítate tú para ponerme yo. Hay políticos buenos, y no tan pocos. En la política local se les puede ver al instante.

 

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